by Fr. Ed Liptak, SDB

San Juan en su Evangelio podría haber dicho mucho más acerca de la aparición de Jesús a los Apóstoles después de su resurrección. En cambio, Juan se limitó a una verdad que estaba en lo más profundo de su mente: que Jesús vino a ellos a través de puertas cerradas, se paró en medio de ellos y les otorgó su paz. Ellos habían temido la persecución y, sin duda, también se sentían culpables por la forma en que abandonaron a Jesús. Sin embargo, él estaba allí de pie y, con perdón en su mirada, dijo: “¡Paz!” No fue un reproche lo que dijo, sino una palabra de amor.
Él había venido del Padre para traer el perdón de los pecados. Lo había logrado para toda la humanidad en la Cruz. Ahora traía paz a sus amigos. Respiró el amor de Dios en ellos, “Reciban al Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados”. Seguramente, cuando les llegó el momento de perdonar a otros, lo habrán visto como una oportunidad para perdonar como habían sido perdonados. Hoy, después de años de escuchar confesiones, no puedo recordar ni una sola vez en la que haya sentido la tentación de menospreciar a una persona que haya pecado. Cualquier sacerdote que lo hiciera tendría que ignorar la misericordia amorosa con la que comenzaba el sacramento.
El sonido del viento llenando la casa en el Día de Pentecostés, sin duda, fue el sonido del aliento de Dios. Encendió llamas de luz y fe para aquellos en el Cenáculo. Alcanzó a la multitud afuera. Los Apóstoles salieron y comenzaron a hablar en todos los idiomas conocidos sobre “los poderosos hechos de Dios”. Pedro habló a la multitud y los acusó de su pecado contra Jesús, el Salvador prometido de Dios. Conmovidos por el Espíritu y con remordimiento, querían saber qué debían hacer. La respuesta de Pedro fue directa: “Arrepiéntanse. Bautícense en el nombre de Jesús para el perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (ver Hechos 2:38).
Pedro, elegido por Cristo como el primer líder de su Iglesia, impulsado por el Espíritu, puso en marcha el plan de Dios para nuestra salvación. El plan de Dios es siempre el mejor plan. Él quiso nuestra salvación. Mediante la obediencia de Jesús, abrió el cielo. Consciente de la fragilidad humana, dio una vía de recuperación del pecado. Dios nos creó sin nuestra ayuda. Nos salva solo con nuestra ayuda. Debemos cooperar con su gracia. Que el Espíritu nos ilumine y fortalezca para lograr el plan de Dios.
¡Amén!
