Jesús y nosotros insistimos

Por P. Ed Liptak, SDB

El Evangelio de San Juan, Jn 6, comienza con uno de los siete grandes signos utilizados por Juan para repetir las enseñanzas de Jesús. Ahora llega a un punto crítico donde Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá en la eternidad. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51-52). Jesús se equiparó a este pan, comparándose así con el maná dado por Dios. Pero dio un salto tremendo: “Este pan que yo daré, es MI CARNE”. Nosotros, católicos y ortodoxos, hemos sostenido desde el principio que no se trataba de una mera figura retórica. Planteaba una realidad. Su “Yo daré”, entonces declarado, se hizo presente en la Última Cena cuando Jesús dijo: “Esto ES mi Cuerpo; esta ES mi Sangre”.

Meditamos sobre esa realidad, porque es esencial para nuestra fe católica. Cuando celebramos la Misa, celebramos en una mansión incruenta el sacrificio vivificante de Cristo. Él se hace presente por nosotros en el altar, presente en su cuerpo y sangre, alma y divinidad cuando lo recibimos en la Eucaristía. Al concentrarse en este misterio, nuestra Iglesia, como lo hizo Jesús, insiste en que creamos en su presencia única en el Pan y el Vino consagrados.

Escuchen de nuevo la verdad revelada dicha por Jesús el Señor: “Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y es dado al mundo” (Jn 6, 33). «Yo soy el pan de vida» (46), y luego aquel salto asombroso: «Porque mi carne es verdadero alimento y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6, 56). Nosotros, los católicos, aceptamos literalmente esta proclamación de Cristo. Esa es nuestra Fe. Jesús continuó proclamando que participando de Él se nos garantiza la vida eterna. Esa es nuestra esperanza. “Así como el Padre viviente me envió, y yo vivo por el Padre, así también el que me come, vivirá por mí” (Jn 6:58).

¡Qué reconfortante! ¡Cuán grande es el privilegio de que ya en esta tierra Jesús nos invite a participar de su Ser vivo! ¡Cuán grande debe ser nuestro esfuerzo por rendir el debido respeto a nuestro Dios al recibir el Pan Vivo, ya no pan! Es Cristo, el Señor vivo que en su omnipotencia ha tomado la forma de pan. Lo adoramos.

“Que mi alma se gloríe en Jehová”.

(Ref. Sal 34:3)