Our Growing Church / Nuestra Iglesia en Crecimiento

Por Fr. Ed Liptak, SDB

The reading from Acts on this 4th Easter Sunday puts St. Paul and Barnabas at Perga, a Mediterranean seaport town, then northward to an Asia Minor city named Antioch. It is not Antioch, in Syria, where Peter was the first Bishop. St. Luke’s aim was to show the rapid growth of the earliest Church.

Luke wants us to note that a Jewish colony was there together with their leaders after release from the Babylonian and Persian exile. Some locals, too, had converted to Judaism. Paul tended to go to them first on his missionary journeys. He and Barnabas met with envy and jealousy as they preached in the name of Jesus. Thus developed a landmark decision for the Church’s growth: “Since you reject [God’s Word] and condemn yourselves unworthy of eternal life, we now turn to the Gentiles.”

Ill treatment can never withstand the power of God’s grace. The Apostle John’s glimpse of the heavenly kingdom revealed the vast number of believers honoring the Lamb before His Throne. They shared eternal life with Christ. The Apostle spoke of our destiny when he wrote, “I, John, had a vision of a great multitude which no one could count, from every nation, race, people, and tongue.” Perhaps on earth some might have soiled the beauty of their white robes, but let us be comforted, for “They have washed their robes and made them white in the blood of the Lamb.” God’s love heals multitudes.

  • Then comes our Gospel, intensely rich in Jesus’ promise to his followers. These are His own words:
  • I give them eternal life” … That life is not empty but filled with God’s love for us, and our love for Him.
  • They shall never perish.” … No more death. We shall join the immortals.
  • No one can take them out of my hand.” … We are forever His, and He is ours.
  • My Father gave them to me.” No one is greater than God. Gone is any danger of losing heaven. “No one can take [us] out of the Father’s hand.
  • The Father and I are one.” What I promise, He promises, too.

God intends His countless humans for Heaven. Jesus confirms this with solemn promises. +


Nuestra Iglesia en Crecimiento

Por P. Ed Liptak, SDB

La lectura de los Hechos de los Apóstoles en este 4º Domingo de Pascua sitúa a San Pablo y Bernabé en Perge, una ciudad portuaria del Mediterráneo, y luego hacia el norte hasta una ciudad de Asia Menor llamada Antioquía. No es Antioquía, en Siria, donde Pedro fue el primer obispo. El objetivo de San Lucas era mostrar el rápido crecimiento de la Iglesia primitiva.

Lucas quiere que notemos que una colonia judía estaba allí junto con sus líderes después de la liberación del exilio babilónico y persa. Algunos lugareños también se habían convertido al judaísmo. Pablo tendía a ir a ellos primero en sus viajes misioneros. Él y Bernabé se encontraron con envidia y celos mientras predicaban en el nombre de Jesús. Así se desarrolló una decisión histórica para el crecimiento de la Iglesia: “Puesto que ustedes rechazan [la Palabra de Dios] y se condenan a sí mismos indignos de la vida eterna, ahora nos volvemos a los gentiles”.

El maltrato nunca puede resistir el poder de la gracia de Dios. La visión del reino celestial del apóstol Juan reveló el gran número de creyentes que honraban al Cordero delante de Su trono. Compartían la vida eterna con Cristo. El Apóstol habló de nuestro destino cuando escribió: “Yo, Juan, tuve una visión de una gran multitud que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”. Tal vez en la tierra algunos podrían haber manchado la belleza de sus vestiduras blancas, pero seamos consolados, porque: “Han lavado sus ropas y las han emblanquecido en la sangre del Cordero”. El amor de Dios sana a multitudes.

Luego viene nuestro Evangelio, intensamente rico en la promesa de Jesús a sus seguidores. Estas son sus propias palabras:

  • “Yo les doy la vida eterna“… Esa vida no está vacía, sino llena del amor de Dios por nosotros, y nuestro amor por Él. 
  • “No perecerán jamás”… No más muertes. Nos uniremos a los inmortales.
  • “Nadie puede quitármelos de la mano”. Nosotros somos para siempre Suyos, y Él es nuestro.
  • “Mi Padre me los dio”. Nadie es más grande que Dios. Ha desaparecido cualquier peligro de perder el cielo. “Nadie nos puede arrebatar de la mano del Padre”.
  • “El Padre y yo somos uno”. Lo que prometo, Él también lo promete.

Dios tiene la intención de que Sus innumerables seres humanos vayan al Cielo. Jesús lo confirma con solemnes promesas.  +