Por JC Montenegro, PhD, Director Ejecutivo del Centro de Jóvenes de la Familia Salesiana
(Boyle Heights, California) – En la Pastoral Salesiana, la misión nunca se reduce únicamente a lo que se hace. Se trata de en quiénes se están convirtiendo los jóvenes y de cómo se descubren a sí mismos en relación con los demás. En la Inspectoría SUO, en el oeste de Estados Unidos, las experiencias misioneras breves se han revelado como una de las formas más eficaces de crear entornos en los que los jóvenes se sientan integrados y puedan servir, dos realidades que deben ir siempre de la mano para que la formación sea auténtica.
Los jóvenes no permanecen en el servicio solo por las tareas que deben realizar. Se quedan porque se sienten valorados, se confía en ellos, se les acompaña y porque se sienten necesarios. Los viajes misioneros cortos, cuando se diseñan de forma intencionada, ofrecen precisamente este tipo de entorno. Proporcionan un espacio en el que se acoge a los jóvenes tal y como son, se les invita a asumir responsabilidades significativas y se les forma poco a poco para que sirvan no por obligación, sino por convicción.
Lo que observamos constantemente es un proceso de desarrollo que se va revelando con el tiempo. Los participantes de primer año suelen llegar con dudas, curiosidad y cautela. A muchos les conmueve la realidad con la que se encuentran y crecen en gratitud y conciencia. En esta etapa, la experiencia responde principalmente a una pregunta humana fundamental: ¿Pertenezco a este lugar? Cuando la respuesta es sí, comienza el crecimiento.
Los participantes que regresan por segundo año lo hacen con mayor confianza. Conocen el ritmo de la misión y empiezan a pasar de ser solo receptores a participar activamente. Las relaciones se profundizan. La oración, el servicio y la comunidad empiezan a parecer interconectados. El sentido de pertenencia va más allá de sentirse bienvenido; se convierte en un sentido de propósito compartido.
Al llegar al tercer año, muchos jóvenes empiezan a asimilar el servicio como parte de su identidad. De forma natural, acompañan a los participantes más jóvenes, dan ejemplo de liderazgo y asumen responsabilidades en la comunidad. Ya no se limitan a participar en una misión; ayudan a mantenerla. En esta etapa, el servicio ya no es una actividad, sino una forma de ser.
Quienes regresan por cuarto año son el ejemplo perfecto de lo que la formación salesiana pretende cultivar. Estos jóvenes llegan dispuestos a dar, orientar y apoyar. Animan la oración, ayudan a dar forma a la reflexión y acompañan de forma consciente a los demás. Entienden que la misión es una cuestión de relaciones, no de transacciones. Han aprendido que la presencia, la constancia y el amor tienen el poder de transformar.
Esta evolución no es casual. Es el resultado de ambientes moldeados de forma intencionada por el acompañamiento. Los adultos caminan junto a los jóvenes, ni por delante ni por detrás de ellos. Les invitan a la reflexión, cuestionan la comodidad y les confían responsabilidades reales. De este modo, las experiencias misioneras, aunque breves, se convierten en espacios formativos donde los jóvenes practican el sentido de sentirse integrados a través del servicio y el servicio a través del sentido de la integración.
Uno de los resultados más esperanzadores de este enfoque es lo que ocurre cuando los jóvenes terminan la Preparatoria. Muchos de los que han participado durante varios años expresan un fuerte deseo de seguir prestando servicio. Buscan nuevas oportunidades misioneras, programas de voluntariado a largo plazo y una implicación más profunda en el servicio basado en la fe. La misión ha cumplido su cometido, no al dirigirlos, sino en formarlos.
En el mundo actual, crear entornos en los que los jóvenes se sientan integrados y puedan prestar su servicio no es algo opcional. Es esencial. Cuando los jóvenes forman parte de una comunidad basada en la confianza, la fe y la responsabilidad compartida, no se preguntan si el servicio es importante. Se preguntan dónde pueden prestar su servicio la próximas vez.
Las experiencias misioneras de corta duración, cuando se basan en el espíritu Salesiano, nos recuerdan que incluso los encuentros breves pueden dar lugar a compromisos duraderos. En lugares como la Provincia SUO, en el Oeste de los Estados Unidos, estas misiones no son meros eventos. Son caminos en los que los jóvenes descubren que tienen un lugar donde sientan que pertenecen, que son necesarios y que sus vidas pueden estar al servicio de los demás.
