Por P. Ed Liptak, SDB
Desde el caos de la historia, la voz del profeta Jeremías gritó que vendrían días en que Jerusalén sería levantada de la confusión y la oscuridad. La paz y la justicia serían restauradas. Tan poderosa sería la presencia de Dios que Jerusalén misma sería llamada: “El Señor nuestra justicia”. Puesto que este primer día de Adviento ha llegado, es un buen momento para que recordemos que, a nuestro entender, la “madre Jerusalén”, tan glorificada por Dios, es otro nombre para la “Santa Madre Iglesia”, el Salón de la presencia de Dios en la nueva Jerusalén venida a través de Jesucristo Nuestro Señor. Los días de Adviento nos son dados para anhelar su renacimiento, su renovada presencia litúrgica entre nosotros.
Nuestro Salmo nos recuerda que debemos “esperar todo el día” y seguir ejerciendo nuestro anhelo en oración: “A ti, oh Señor, elevo mi alma”. También nuestra lectura de san Pablo nos anima a trabajar, cultivando y fortaleciendo nuestra actitud de espera y de ser “irreprensibles en santidad delante de nuestro Dios y Padre en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos.Pablo desea que nos esforcemos por “crecer y abundar en el amor de unos por otros”. El Adviento no es solo una palabra o una temporada. Está destinado a permitirnos reavivar en nosotros mismos el anhelo de Cristo. Las obras de mansedumbre y bondad que se muestren los unos a los otros serían ayudas maravillosas para todos nosotros.
Hace dos domingos, San Marcos renovó el llamado a que vivimos en un mundo pasajero. El propósito entonces era recordarnos que no nos dejáramos vencer por las atracciones de ese mundo. Ahora, con el mismo propósito, San Lucas nos ayuda a vivir nuestro tiempo asignado, deseando encontrar y guardar a Jesús para estar con Él y con todos sus amados en el mundo venidero. Es Adviento, y de nuevo se nos aconseja en un nuevo Evangelio que vivamos y anhelemos a Cristo en este mundo y que estemos con Él en el próximo.
Por lo tanto, Lucas pintó el mismo cuadro que Marcos, el colapso del sol, la luna y las estrellas, el oleaje del mar, Cristo juez victorioso que venía en una nube del cielo, la gente muriendo de miedo, pero Jesús diciéndole a los fieles: “Estad erguidos y levantad la cabeza, porque vuestra redención está cerca”. Por temible que sea el final, Jesús da esperanza al bien.
Estas son las palabras de Jesús para atesorar: “Estén vigilantes en todo momento y oren para que tengan la fuerza para escapar de las tribulaciones que son inminentes y para estar en pie delante del Hijo del Hombre”. ¿Cómo debemos responder? “Señor Jesús, ven. Estaré esperandole, ¡pero con cuidado también!
